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A la que fui

  A la mujer que fui nunca la quise ni la querré. A la mujer que fui la tengo secuestrada, maniatada, y solo le consulto cuando dejo de creer en el amor y me rasca el fieltro de mi coraza. A la mujer que fui le debo espacios y tiempos ganados a pulso. Pero le tapo la boca por si acaso. A la mujer que fui le debo experiencia y aprendizaje y todas las cicatrices de su época de mercenaria de mi coraje; por eso le hablo en pasado a su cara de fragmentos desesperados. A la mujer que fui la amenazo con la indiferencia que hoy poseo, cuando se abre una ventana, mientras ella da patadas a la las puertas que jamás cerré.

Maldito guerrero

  Leía aquellas novedades como si yo, pirata y guerrera, hubiera descubierto un tesoro que ya poseía. Como si hubiera encontrado una nota para no olvidar en el bolsillo de mi vieja rebeca. Aquel poeta describía con grandiosa simpleza, y yo me decía << Eso es, así es como lo quería decir>>. Y escribía la guerrera soldadito de primera, y leía, y leía…, correteaba descalza por aquellos versos rotos, amables, endiabladamente nostálgicos. Llenos de sombras “lo que es arriba es abajo”. Sentí, que un poeta andaba suelto, eso sí, como una amenazante advertencia. Ya luego, cuando la parca como un Judas me dio un beso de despedida, comencé a escribir como una cabrona a tiempo completo. Seguí leyendo en otras trincheras sin importarme que los versos no fueran versos y hoy me doy cuenta que lo que nos mata es aquello a lo que uno se acostumbra. La comodidad de que me lean es pedirme Asilo en Sagrado, Ni ganas tengo de mojar mi dedo para pasar las páginas. Me quedo aquí cerrando los

Por pedir...

  Y yo que no pido mucho, ni en sueños, pido tu boca. Yo que no sé comer sin pan en la izquierda, me pido el castillo que hiciste aquel día de lluvia. No, no creo pedir mucho cuando se me antoja una mayúscula o que vuelvas a decir en diminutivo el nombre que tiene realmente mi boca. Si como quien no quiere la cosa pudiera pedir, pediría todas las tonterías que hacías para hacerme reír Y ya puesta, si no doliera tanto como duele, me pediría dormir sin zapatos, ducha diaria, dormir, dormir y dormir, comer barato -un clásico- y que mi vida fuera como la de un buen cuento, un concierto de amor a dos almas, pero sin que tú estés a esos dos malditos metros bajo el suelo ni yo sin un solo te quiero que llevarme a la boca.

Si estos huesos

  Si estos huesos hablaran del otoño, comenzarían por la caída inevitable de las hojas. Dirían te quiero tantas veces como lo han pensado. Pero sigo siendo la niña que no cambia nunca, regada de secretitos siempre en la lejanía. Y aquí me tienes: herida y mal pagada, enganchada a tu vocación de frágil y solitario. Como una perra que tiene la furia en celo, que no distingue lealtad de fidelidad, contoneándose con el palo en la boca a cambio de una caricia, un cariño cotidiano o una patada. Sí: enterrada como Pompeya, pero ardiendo de ganas de que desaparezcas, porque sospecho que eres como el sol que apuñala con un rayo al mar y luego lo abandona para irse de juerga con La Tierra dejándolo caliente, y con ganas. Eres -maldito seas- quien toma la rosa y deja las espinas como lo hace el otoño, o yo cada vez que intento hablar de mis huesos y éstos se equivocan.

Manías

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  Qué difícil es ponerse el camuflaje de mujer. Me refiero a seguir siendo yo mientras crees que soy otra. No sé si me explico: apunta por ahí. No es como esas veces que cambio de bolso porque me doy cuenta que llevo más de un año con el de verano y ya está tronando, y tú lo sostienes mientras me pongo del revés la chaqueta, no.  O   como cuando anudo un rizo entre mis dedos mientras callo y copio en mi cerebro   todo, todo, todo, lo que me cuentas –y luego a solas le hago la autopsia sin darme cuenta-.  O la bendita manía de perderme mirando, acodada, como pegas tus labios al botellín de cerveza.  O como cuando loca, explota mi carcajada y termina en una sonrisa estúpida que afloja porque más que a loca sonó a chiflada. O la manía que tiene   mi hombro de acariciar mi barbilla porque tropiezo contigo, en la entrada, en la salida –sin querer- y al tenerte tan cerca mis pantorrillas se paralizan. Vete tú a saber. Ni como cuando el viento empuja mis tacones por llegar antes a tu en

ES ENTONCES

Es entonces cuando no me dirige la palabra que todo se vuelve insoportable. La veo en su ritual de silencio. Con su cruce de piernas y su mirada perdida, y un suspiro que como trueno inesperado me hace sentir solo. Yo paso la página de mi libro con rabia para hacer todo el ruido que mis celos me permiten. Me levanto y leo por encima de su hombro mientras acaricia el teclado como leen los ciegos “Muérdeme la cadera hasta que sea a ti a quien le duela y entonces, solo entonces, hazme el amor; manso o como una fiera.” Le pregunto si quiere un café y sin mirarme dice sí. Yo creo que es para que la deje en paz que me dice que sí. Desde la cocina escucho el golpe de las teclas a segundos impares y el goteo del café se pone en mi contra. Está sola, sin mí, escribiendo cosas que solo me dice a mí, que solo hacemos cuando consigo alejarla todo lo posible del maldito teclado. Cosas que leerán otros. Le acerco el café y pienso: Mírame. Mírame cuando menos espero que lo hagas aunque no resista q

Había una vez:

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  Insoportable, despistada y despeinada, hoy estoy que no me aguanto. ¿El amor mata? Sí. ¿También duele? No. Me da que el día que te rompieron el corazón no fue el peor de mis días ni el más feliz. Quizá, quisiste morir de dolor, de rabia, puede que de vergüenza o tristeza. A saber dónde estaba yo ese día que te partieron en dos, y cómo fue posible que no estuviera a tu lado cuando   te dejó roto y desconcertado, asqueado, como inútil. Ese día de mierda va en tu mirada, en tu forma   de mirarme, en cada paso que das y previenes, y te lo recuerda en advertencia; no olvidar lo aprendió, no olvidar la lección. Puede que fuera el mejor de mis días, a saber si el más feliz hasta ese instante de mi vida. No lo recuerdo, seguro lo recordaría. Así que alguien dejó de ser parte de tu vida después de partir y partirte, y te alejaste tanto y tanto que te acercaste.   Te siento con todos tus enteros, deseando conocerte y que no me duelas, como una historia que merece ser contada. ¿Qué el amo